Historia de una vida con Alanos

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 Desde muy pequeño sentía una gran atracción por todo aquello que pudiera estar relacionado con los animales y la naturaleza en general.

Recuerdo que mis pensamientos eran el cómo poder tener cerca de mí esos animales que tanto me gustaban, que veía en el campo y en las enciclopedias, y surgió en mí el afán incluso de atraparlos para poder observarlos.
También había algo que me llamaba poderosamente la atención: el perro.
Siempre que veía uno por la calle ya lo estaba observando detenidamente y por aquel entonces ya me sabía de memoria casi todas las razas.
Recuerdo con frescura cómo cada vez que íbamos de visita a casa de unos amigos y cazadores de toda la vida, les pedía que me dejasen sus Setter y su Braco, y me subía colina arriba con ellos sólo por ver esas espectaculares muestras. Era yo muy niño, pero aquello me impresionaba y tremendamente.

Ahí fue cuando despertó mi gran afición también, no sólo por los perros, sino por el noble arte de la caza y la pesca. Con tan sólo 7 años hice mi primera incursión en campo abierto en busca de perdices y conejos en compañía de dos Pointer. Y poco tiempo después ya recuerdo juntarme en casa hasta con 5 cañas de pescar.
Se ve que todo lo que olía a naturaleza y libertad me acababa atrayendo.
Estar en contacto con ella era lo que me gustaba.
Con 12 años nos echábamos las mochilas a la espalda y tirábamos “pal monte” con las tiendas de campaña, derechos a una de las sierras más bonitas que hay en mi provincia y en donde por aquel entonces aún se podían observar restos de la antigua cultura alánica.PicsArt_12-03-10.31.25.jpg
Algunos años más tarde y ya siendo mayor, pude cumplir una de las cosas que siempre quise; poder tener mis propios perros y además tenerlos junto a mí. Llego un día que vi el momento idóneo y me decidí a hacerme con un Alano.
Luego vendrían más, fruto del estudio, del trabajo y del conocimiento.

La caza es algo más que una simple palabra. Para mí, ver los perros trabajando en el monte es algo por lo que realmente me siento pleno. Sé que ellos disfrutan y yo aún más. Ver un lance con alanos es algo que te hace sentir la fuerza de la naturaleza, la adrenalina te recorre todo el cuerpo, aparecen sensaciones increíbles y adictivas, como cuando te lanzas por una montaña rusa.
Ver la lucha entre unos canes creados por y para tal menester, contra un animal salvaje y poderoso, que además juega con la ventaja de estar en su medio natural y al que los alanos han de rendir y someter hasta la llegada del perrero. Eso para mí es la caza en su estado más puro. Como se hizo siempre; perros y cuchillo.

Ya cuando apareció la era de Internet y de la difusión de los acontecimientos a través de la red fue cuando mi curiosidad fue demandando información y mis conocimientos inevitablemente empezaron a crecer. Gracias a esto y a muchos libros de temática cinófila que fui recopilando y «devorando» apenas caían en mis manos.
Entre ellos uno en especial que se llama «El Tratado de la Montería», el cual me enorgullezco de poseer y haber leído, algo que me costó más de un mes de espera al solicitarlo a la biblioteca pública de mi ciudad.

Llegó el momento de hacerme con un perro que satisficiese mis gustos, pues hasta ahora sólo había podido cazar con perros de otros amigos. Me puse en contacto con una persona relevante en la época de la recuperación del mítico perro alano  y pregunté por algún criador que tuviese alanos destinados especificamente a la caza, ya que no me fiaba de la gran mayoría de criadores que aparecían por el mundo canino.
Me recomendó uno con el que llegué a tener una buena relación durante bastantes años y al cual le compré un macho por 100.000 pesetas, y puedo asegurar que pocas veces he gastado tanto dinero tan orgullosamente como con aquel Alano. Entró en mi casa, y al mismo tiempo en la rehala, y cumplió como el que más. Entraba y mordía sin miramientos. Un orgullo de perro, de los que crean adicción por una raza.
Disfrutábamos cada vez que salíamos al monte y era mi sombra.  Allí donde yo iba, él venía conmigo. Con los perros de la rehala se llevaba perfectamente, tanto con podencos como con otros alanos. Era noble y sabia estar en su sitio. Eso sí, no se dejaba morder por otro perro.
El día que llegó su hora, aquel alano se despidió en mis propios brazos. Su pérdida fue irreparable, y en homenaje a todo aquello que me dió, no salió de mi casa ni después de muerto. Afortunadamente, antes de irse dejó descendencia con perras variadas, y en donde distintos dueños de diferentes descendientes han comentado que nunca antes habían tenido perros como esos. Con la mitad de lo que tenía ese alano muchos le hubiesen dado por excelente.

Se hicieron muchos kilómetros, los gastos, el trabajo, la cría y la selección también fueron enormes. Todo por intentar mantener la línea, el encaste y la bravura, fijándonos muy bien tanto en los atavismos, como en el carácter y en la morfología. Y así iban surgiendo nuevas y funcionales camadas, y por tanto nuevos objetivos. 
Como es normal, con el paso del tiempo fui conociendo a más gente en este mundo del perro y de la caza, he podido salir de montería en varias provincias de Castilla y León,  Andalucía, Extremadura, Castilla La Mancha, Cantabria, y  Cataluña. 

He de agradecer a aquellos amigos que desde años me han invitado a cazar con mis alanos en excelentes manchas y diferentes cotos. Aquellos que junto a la afición de mi vida me han llevado a recorrer hasta 1.500 km entre ida y vuelta, después de salir del trabajo y sin dormir, conduciendo de noche para poder montear con ellos. 
Hoy en día comparto mis conocimientos y el trabajo de toda una vida con uno de ellos en especial, mi gran amigo y socio Raúl Marín (Alanos Fuente de la Higuera) con el que tengo el gran placer también de formar equipo en esta andadura bloguera.
Y aunque los kilómetros hechos en busca de buena genética hayan sido tantos, el gasto económico y el trabajo también, el placer de tener una base para seguir con esta raza por muchos años no tiene precio.

por Germán, de Alanos de Fresdelval.

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